¿Alguna vez le has pedido varias veces a tu hijo que guarde sus cosas y parece no escucharte? ¿Sabe perfectamente que debe esperar su turno, pero interrumpe de todas maneras? ¿Le cuesta muchísimo dejar una actividad que le gusta para comenzar otra, aunque le hayas avisado antes?
Como papás, frente a estas situaciones es fácil pensar: “no quiere hacerlo”, “no me está haciendo caso” o “si sabe perfectamente lo que tiene que hacer, ¿por qué no lo hace?”
Sin embargo, muchas veces la explicación no está simplemente en las ganas o en la voluntad del niño. Para poder seguir una instrucción, frenar un impulso, cambiar de actividad o terminar una tarea, nuestro cerebro necesita poner en marcha una serie de habilidades llamadas funciones ejecutivas.
Conocerlas puede ayudarnos a comprender mejor algunas conductas de nuestros hijos y, especialmente, a saber cómo acompañarlos mientras estas habilidades aún están en desarrollo.
¿QUÉ SON LAS FUNCIONES EJECUTIVAS?
Las funciones ejecutivas son un conjunto de procesos cognitivos que nos permiten organizar y regular nuestra conducta para alcanzar una meta. Son las habilidades que utilizamos cuando necesitamos recordar qué tenemos que hacer, controlar un impulso, concentrarnos pese a las distracciones, cambiar de estrategia cuando algo no resulta, organizar una serie de pasos o revisar si hicimos correctamente una tarea.
En palabras simples, nos permiten pasar de: “Sé lo que tengo que hacer” a “Lo hago, logro mantenerme en ello y puedo ajustarme si algo cambia”.
Uno de los modelos más conocidos, propuesto por la neurocientífica Adele Diamond, distingue tres funciones ejecutivas fundamentales: control inhibitorio, memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva.
El control inhibitorio es la capacidad de detener una respuesta automática o controlar un impulso. Un niño la utiliza, por ejemplo, cuando logra esperar antes de abrir un regalo, cuando no toma inmediatamente algo que le llama la atención o cuando espera su turno para hablar.
La memoria de trabajo permite mantener información activa en nuestra mente mientras hacemos algo con ella. Es la que usamos cuando decimos: “anda a tu pieza, busca los zapatos y trae también tu polerón” y esperamos que el niño recuerde la secuencia mientras la realiza.
La flexibilidad cognitiva nos permite cambiar de regla, estrategia o foco de atención cuando las circunstancias cambian. Aparece cuando un niño acepta que finalmente no iremos a la plaza porque está lloviendo, logra dejar un juego para sentarse a comer o encuentra otra manera de resolver un problema cuando la primera no funciona.
A partir de estas capacidades se construyen habilidades cada vez más complejas, como la planificación, el razonamiento, la resolución de problemas y el monitoreo de nuestra propia conducta.
EN LOS NIÑOS, ESTAS HABILIDADES TODAVÍA ESTÁN EN CONSTRUCCIÓN
Este punto es especialmente importante para nosotros como papás: las funciones ejecutivas no nacen completamente desarrolladas.Durante los primeros años de vida experimentan un desarrollo muy importante, pero todavía son inmaduras. El niño pequeño necesita muchas veces que el adulto le proporcione desde afuera aquello que todavía no puede hacer completamente por sí mismo.
Por eso podemos encontrarnos con una situación que parece contradictoria: nuestro hijo conoce perfectamente una regla y, aun así, no logra cumplirla en el momento en que la necesita.
Saber algo y poder utilizarlo en el momento adecuado no son exactamente lo mismo.Un niño puede saber que no debe pegar cuando está enojado y, sin embargo, no conseguir detener el impulso. Puede saber perfectamente que después de bañarse debe ponerse el pijama y lavarse los dientes, pero necesitar que se lo recordemos cada noche. O puede conocer la rutina para salir de la casa y aun así distraerse en cada uno de sus pasos.
Esto ocurre porque durante la infancia el control de la conducta es inicialmente mucho más externo y progresivamente va haciéndose interno.
CUANDO “NO LO HACE” NO SIEMPRE SIGNIFICA “NO QUIERE”
Imaginemos una situación cotidiana. Estamos atrasados y le decimos a nuestro hijo: “Guarda los juguetes, anda a buscar tus zapatos, ponte el polerón y espérame en la puerta”. Para un adulto puede parecer una instrucción muy sencilla. Sin embargo, para cumplirla el niño necesita utilizar varias funciones ejecutivas al mismo tiempo.
Tiene que mantener los pasos en su memoria, decidir por dónde comenzar, dejar de hacer lo que estaba haciendo, resistir otras distracciones que aparecen en el camino, completar la secuencia y revisar si todavía le falta algo.
Si termina jugando nuevamente con los juguetes, llega sin chaqueta o aparece cinco minutos después preguntando “¿qué tenía que hacer?”, podemos interpretarlo rápidamente como desobediencia. Pero también podemos preguntarnos: ¿la demanda era demasiado grande para su memoria de trabajo o su capacidad de organización en ese momento?
Otro ejemplo frecuente ocurre cuando debemos terminar una actividad “agradable” y transitar a otra “menos agradable”. Por ejemplo: “Apaga la TV, vamos a bañarnos”.
Para responder adecuadamente, el niño tiene que inhibir el deseo de seguir jugando, tolerar la frustración, cambiar su foco hacia una nueva actividad y reorganizar su conducta en función de otra meta.
Por eso algunas transiciones que para nosotros parecen insignificantes pueden ser especialmente exigentes para un niño.Esto no significa que debamos eliminar los límites ni permitir cualquier conducta. Significa que comprender qué habilidad está fallando nos permite ayudar de una manera más efectiva.
LAS FUNCIONES EJECUTIVAS TAMBIÉN DEPENDEN DE CÓMO ESTÁ NUESTRO HIJO
Las funciones ejecutivas no funcionan de la misma manera durante todo el día. Seguramente lo hemos observado en nuestros propios hijos: aquello que pueden manejar perfectamente en un momento puede transformarse en una enorme dificultad cuando están cansados, tienen hambre, están sobreestimulados, frustrados o han tenido un día especialmente exigente.
El estrés puede dificultar el control de los impulsos. La falta de sueño puede afectar la atención y la regulación. Una emoción muy intensa puede hacer mucho más difícil mantener información en mente, pensar con claridad o encontrar una respuesta alternativa.
Por eso, cuando un niño está profundamente desregulado, pedirle simplemente que “piense antes de actuar” puede no ser suficiente.
Esto también nos ayuda a entender por qué nuestros hijos pueden comportarse de manera diferente dependiendo del contexto: no necesariamente es que “en el colegio puede y conmigo no” o que “cuando quiere, puede”. Las exigencias, el nivel de cansancio, la estructura del ambiente y el estado emocional también influyen en su capacidad para utilizar estas habilidades.
ENTONCES, ¿CÓMO PODEMOS AYUDARLOS?
Una forma útil de pensarlo es la siguiente: cuando una función ejecutiva todavía no está completamente disponible de manera interna, nosotros podemos proporcionarla temporalmente desde afuera.

Esto no significa hacer las cosas por él, sino poder proporcionar la ayuda necesaria en ese momento y retirarla progresivamente a medida que la habilidad se desarrolla.
CAMBIAR LA PREGUNTA PUEDE CAMBIAR NUESTRA MANERA DE ACOMPAÑAR
Como papás, muchas veces vemos solamente el resultado final: no guardó, no obedeció, interrumpió, explotó, se demoró demasiado o volvió a olvidar lo mismo. Pero detrás de una misma conducta pueden existir dificultades muy diferentes.
Por eso, antes de intervenir, podemos preguntarnos:¿Qué le estoy pidiendo realmente? ¿Cuántos pasos necesita recordar? ¿Está cansado, frustrado o demasiado activado? ¿Puede hacerlo solo o todavía necesita que yo le entregue parte de la estructura?
Mirar la conducta desde esta perspectiva no significa justificar todo lo que hace un niño. Significa entender que para cumplir una expectativa también necesita contar con las herramientas necesarias para hacerlo.
Las funciones ejecutivas se van construyendo poco a poco, a través del desarrollo, las experiencias y el acompañamiento de los adultos.
Quizás, entonces, frente a algunas de esas situaciones cotidianas que tanto nos frustran como papás, podamos reemplazar por un momento la pregunta:
“¿Por qué no lo hace, si sabe perfectamente que tiene que hacerlo?” por otra que muchas veces resulta mucho más útil: “¿Qué necesita en este momento para poder hacerlo?”
